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Señoritas sin género, llaves con barba y lunas masculinas: ¿qué influencia tiene el género gramatical de las palabras en nuestra visión del mundo?

Hablando diferentes idiomas distinguimos cada día cientos de veces, quizás incluso miles de veces, el género gramatical de los sustantivos. ¿Tiene esto algún efecto en la manera en la que percibimos el mundo?

Escrito por Katrin Sperling
Ilustración de Carolina Buzio

"Todo sustantivo tiene su género gramatical, y la distribución carece de sentido y de método. Por esta razón, hay que aprender de forma individual el género de cada sustantivo y memorizarlo. No hay otra opción. Para conseguirlo, se tiene que tener una memoria de elefante. En alemán, una señorita carece de género, mientras que un nabo sí lo tiene".

Aunque Mark Twain seguramente guiñó un ojo al escribir El horrible idioma alemán (1880), su ensayo es bastante apropiado para sacar a la luz algunas imprecisiones lógicas de esta lengua. Una de ellas es, por ejemplo, el hecho de que a una niña (Mädchen) o a una señorita (Fräulein), ambas femeninas en menor o mayor grado –según el punto de vista de los estudios de género–, se les asigne el artículo neutro. "Sí, pero eso se debe al diminutivo creado con los sufijos -chen y -lein", escuchamos murmurar en los rincones de atrás. "Esos sufijos lo neutralizan todo". Ajá. Como bien es sabido, las palabras pueden mover montañas. Siendo así, ¿los sufijos también tendrán el poder de anular el género biológico de una niña? ¿O el de un niño porque lo llamemos "niñito" (Jungelchen)?

¿Y qué sucede con los cuchillos, tenedores, platos y teteras? ¿Tienen género? Pues bien, en español se dice el cuchillo, el tenedor, el plato y la tetera. Y en las películas de Disney, estos objetos incluso cantan con voces masculinas y femeninas. De modo que todo está claro, ¿no es así? Mmm… quizás no podamos ignorar completamente el hecho de que los objetos carecen de vida en el mundo real, con lo cual tampoco tienen un género biológico.

¿Qué es el género gramatical?

Aunque no reflexionemos sobre ello con frecuencia, día tras día nos las tenemos que ver con dos géneros: el (bio)lógico y el gramatical. En muchos idiomas existe un sistema de géneros para clasificar todos los sustantivos –independientemente de que se trate de un gato vivo, un robot de inteligencia artificial aparentemente vivo o una roca inerte–. Algunos idiomas, como el turco, el japonés o el tailandés, carecen de géneros. Otros, como el inglés o el afrikáans, aunque no tienen un género para los sustantivos, sí lo marcan en los pronombres (como he, she o it). En idiomas como el alemán, el polaco o el ruso, a los géneros masculino y femenino se agrega el neutro. Y existen ciertos idiomas que incluso diferencian en el género entre sustantivos vivos e inertes.

El género, sin embargo, parece ser más que una gran confusión y una molestia adicional a la hora de aprender un idioma: según ciertos estudios, el género gramatical influye sobre la manera en la que percibimos el género biológico y, con ello, sobre la percepción que tenemos de los objetos.

Si el lunes fuera una persona… (sería un hombre)

Existen muchos ejemplos de cómo podría reflejarse esta influencia. En un estudio realizado por Jakobson en 1966 se pidió a personas de lengua materna rusa que personificaran los días de la semana. Los hablantes personificaron consecuentemente los días gramaticalmente masculinos –понедельник ("lunes"), вторник ("martes"), четверг ("jueves")– como hombres y los días gramaticalmente femeninos –среда ("miércoles"), пятница ("viernes") und суббота ("sábado")– como mujeres.

Tu manzana, ¿se llama Patrick o Patricia?

En otro estudio llevado a cabo en el 2002, Lera Boroditsky, Lauren A. Schmidt y Webb Phillips le enseñaron a un grupo de hablantes del español y del alemán nombres propios para 24 objetos (una manzana, por ejemplo, se podía llamar "Patrick"). Los participantes podían memorizar mejor la combinación de objeto y nombre si en su lengua materna el género del nombre propio coincidía con el género gramatical del objeto. Los hispanohablantes, entonces, recordaron mejor el par de palabras manzana-Patricia que el par manzana-Patrick. A los germanoparlantes les sucedió lo contrario, ya que la palabra alemana para "manzana", der Apfel, es masculina. El experimento pone al descubierto una manera de pensar inconsciente sobre todo a causa del siguiente hecho: los hablantes fueron sometidos a la prueba en inglés, un idioma en el que los sustantivos carecen de género. Se evidenció así que los hablantes tenían tan interiorizado el género de su lengua materna que lo trasladaban a los otros idiomas.

¿Señor o señora Luna?

Pero ¿cómo se manifiesta la transmisión de géneros a nuestra representación mental de los objetos? ¿Qué significa que una manzana sea femenina? Una posibilidad es que destaquen diferentes estereotipos masculinos o femeninos que caracterizan a un objeto de acuerdo con el género gramatical: convertimos los rasgos de un objeto en propiedades y características, esto es, en lo que es digno de recordar, cuando estos rasgos se adecúan a un género gramatical.

Lo anterior se puede ver con toda claridad en el ejemplo de la luna, cuyo género es femenino en muchas lenguas románicas: "¡Es evidente que la luna es femenina!", afirmó una de mis colegas italianas cuando surgió la discusión. Es algo tan obvio como las conexiones que pueden hacerse entre los ciclos lunares y los ciclos menstruales, ¿o no? Pues bien, para hablantes de otras lenguas como el alemán o el hebreo no resulta tan evidente. Por el contrario, en estos idiomas la luna tiene género masculino. Incluso si se introduce en la discusión el argumento del control que ejerce la luna sobre las mareas y los ciclos vitales, ¿es por ello biológicamente femenino el inerte elipsoide de roca que rota alrededor de nosotros, objeto de tantos poemas y al que aúllan los lobos?

¿Y qué pasa con el sol? Los hablantes del alemán probablemente realzarían la función vital de este astro, su capacidad de dar alimento y calor. Para los hablantes de las lenguas románicas, en cambio, que la poderosa bola de fuego que alumbra en el cielo es masculina es algo tan evidente como el hecho de que la luna es femenina.

Llaves barbadas y puentes peligrosos

Para verificar si el género gramatical realmente lleva a los hablantes de diversos idiomas a concentrarse en diferentes aspectos de los objetos, Boroditsky, Schmidt y Phillips realizaron un experimento en el año 2002: crearon una lista con 24 nombres de objetos cuyo género es contrario en español y alemán, y luego le preguntaron a los hablantes nativos de ambos idiomas por los tres primeros adjetivos que se les venía a la mente para cada objeto. El experimento fue realizado en inglés para evitar la influencia de los artículos, femeninos o masculinos. Posteriormente, todos los adjetivos nombrados –sin conectarlos con el objeto que describían– fueron clasificados como masculinos o femeninos por un grupo de participantes angloparlantes.

El resultado fue que los hablantes de los dos idiomas seguían el género gramatical de su lengua materna, asignándole adjetivos femeninos a los objetos gramaticalmente femeninos y adjetivos masculinos a los objetos gramaticalmente masculinos. Por ejemplo, en el caso del objeto "llave", cuyo género gramatical en alemán es masculino (der Schlüssel), se nombraron atributos como "duro, pesado, con picos, metálico, dentado" y "útil". Cabe recordar aquí brevemente que en alemán las llaves no tienen dientes, sino "barbas"… En español, por el contrario, la llave fue descrita como "dorada, compleja, pequeña, graciosa, brillante" y "diminuta". Por otra parte, en alemán el "puente" es femenino (die Brücke) y, de este modo, "bello, elegante, frágil, apacible, bonito" y "delgado", mientras que el puente español se percibe como "grande, peligroso, largo, fuerte, estable" y "enorme".

Si tenemos en cuenta que los hablantes de diferentes idiomas expresan diariamente cientos o incluso miles de veces el género de sustantivos a través del uso de artículos, de pronombres y de la concordancia con los adjetivos e incluso con los verbos, resulta bastante probable que el mundo de un germanoparlante –con sus llaves barbadas, puentes elegantes y viriles lunas– se diferencie del mundo de un hispanohablante –con llaves diminutas, puentes peligrosos y soles masculinos–. ¿Y qué sucede con los angloparlantes? Creo que aún no han podido asimilar del todo que exista una señorita carente de género y un nabo femenino…

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