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Los 7 hábitos alemanes que adoptarás sin querer

El punto de vista de un italiano en Alemania: nuestro Federico vuelve a la carga y nos cuenta los hábitos alemanes que se le han pegado en Berlín.

Escrito por Federico Prandi

No sé a ti, pero a mí siempre me ha encantado la expresión “abrazar una cultura”. Suena pacificador, reconfortante, y cuando decidí mudarme a Alemania me convertí en una especie de Pocahontas al revés: estaba dispuesto a absorber la nueva cultura teutona con los brazos abiertos.

Aunque en seguida me di cuenta de que si Pocahontas hubiera sabido sobre McDonalds, las pistolas, los pavos rellenos y Zooey Deschanel, probablemente se habría ahorrado las canciones y habría escrito varias hojas de reclamaciones. También me di cuenta de que muchas veces no “abrazas” la nueva cultura, si no que estás “esposado” a ella.

Todo el mundo me dice que Berlín no es como el resto de Alemania, pero hay cosillas, pequeños detalles molestos, que he adoptado sin querer y que son 100 % deutsch a mis ojos. Estoy seguro de que a ti también se te pegarán estas pequeñas manías si vives durante un período suficientemente largo en Alemania.

1. Dejar botellas en la calle

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Mi educación hizo que me convirtiera en una estricta máquina de reciclaje y el solo pensamiento de ver a alguien dejando su basura en la acera me horrorizaba. Pero En Alemania las botellas vacías no son basura: son dinero. Puedes ir al supermercado con tus botellas vacías y una máquina se las tragará, y a cambio te devolverá dinero con el que luego podrás comprar. No es muy difícil entender que dejar una botella vacía en medio de la calle de una ciudad relativamente pobre es como enviar dónuts a un campamento de gordos de forma anónima. Dejas la botella en el suelo, te giras un segundo para ver cuál es el siguiente garito donde quiere ir tu amigo y cuando te vuelves a girar ¡zac! (onomatopeya italiana) la botella ya no está. De-alguna-manera-más-o-menos-casi le has donado algo a los pobres y además, así evitarás tener OTRA botella vacía en tu casa. Quiero decir, el hecho de que yo esté a tan solo dos Club Mate de poder comprarme mi propio coche me hace sentir orgulloso, pero la puerta de mi apartamento casi ni se ve y mi objetivo llegado a este punto es que todo el equipo de Hoarding: buried alive me encuentre antes de que sea demasiado tarde.

2. Mear sentado

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Nunca se me olvidará mi primer día en Berlín. Mi nuevo compañero de piso, un tío que parecía simpático y tranquilo, me cogió por banda y me dijo que teníamos que hablar. Su cara tenía la expresión más severa del mundo y por el tono de su voz supe que se trataba de una cosa seria. Pensé que me iba a decir algo así como que le quedaban tres meses de vida y que yo se lo tendría que decir a sus padres porque él no se había atrevido a hacerlo, y que además tenía que organizarle el funeral y encontrar una selección de música decente que figurara entre la música de su iPod. En vez de eso, todo lo que dijo fue: Tienes que sentarte para hacer pis. Como persona con pene que soy, reconozco que esto no es algo completamente ridículo de pedir, pero la solemnidad con la que lo hizo me dejó claro que para él, y supongo que para los alemanes en general, se trataba de un punto bastante importante. Así que lo hice. Lo hice cuando vivía con él y lo hice con las personas con las que viví después de él, siempre resistiendo la tentación de mear de pie porque, ¡OMG! ¿QUÉ PASARÍA SI ME OYERAN? ¿Qué pasa si pueden detectar la diferencia del sonido del chorro y me denuncian a la policía? Estoy bastante seguro de que un día los alemanes perderán su habilidad de mear de pie, de la misma manera que las ballenas perdieron sus piernas.

3. Dormir en el suelo

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No tenía ni idea de que hubiera gente de repente durmiendo en el suelo en los países del este de Europa. A decir verdad, pensaba que ese tipo de gente solo existía en las novelas de Charles Dickens. Pero hablando en serio, por supuesto entiendo que haya gente que no se pueda permitir una supercama, pero ¿qué hay de los que ELIGEN dormir así? Algunos dicen que es muy bueno para la espalda, otros lo hacen como un intento de ser o parecer hippies supongo, la cosa es que yo terminé por acostumbrarme. Lo único que sé seguro es que si mi supermadre italiana supiera que su hijo durmió durante más de un año tan cerca de los bichos, el polvo y todas las cosas marranas que uno encuentra en el suelo, se moriría de un ataque al corazón.

4. Lamentar, protestar, quejarse del transporte público

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En Italia el transporte público es una mierda. Yo solía estar muy decepcionado pero a la vez, después de años y años de retrasos, averías, horarios en los que no se puede confiar y excusas baratas, entré en una especie de estado zen de la resignación. El transporte alemán, por otro lado, es increíble. Limpio, no demasiado apestoso y casi siempre puntual. Tan puntual que, si el autobús llega con un mínimo de retraso, la gente se vuelve literalmente loca. Al principio me reía de esto y me lo tomaba como una broma, pero tengo que admitir que después de dos años ya formo parte de la locura transitoria común. Cada vez que el metro llega tarde, sufro una transformación física, emocional y psicológica: 1 min tarde: me doy cuenta de que pasa algo y miro mi reloj. 2 min tarde: empiezo a golpear el suelo con el pie de forma nerviosa y repetitiva. 3 min tarde: no puedo concentrarme en mi smartphone/periódico y no puedo parar de pensar en el desperdicio de mi tiempo. 4 min tarde: denuncio mentalmente a la BVG (compañía que se encarga del transporte público) e imagino todo el proceso, desde la primera denuncia formal hasta el día del juicio, que obviamente falla a mi favor. 5 min tarde: hasta aquí hemos llegado. Ya está. No puedo más. Empiezo a escuchar la vocecilla alemana de mi cabeza que no para de repetir MATA MATA MATA y empiezo a pensar en violencia.

5. Dar cera… pulir cera

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Como seguramente sabréis, los italianos somos conocidos por nuestra gesticulación. Esta peculiar característica no solo nos hace ser jugadores imbatibles de mímica e imitaciones de películas, sino que también nos procura la habilidad de entender el significado de cada gesto, tic nervioso o fruncimiento de ceño de la persona con la que estamos manteniendo una conversación. O eso pensaba. Los alemanes cuentan con un gesto ilegible, una mezcla de autosaludo y de la escena de Karate Kid donde Daniel San da cera y pule cera, que yo no alcanzo a entender. La primera vez que lo vi, la lista de mis interpretaciones fue la siguiente: Ve a ponerte una máscara. Necesito urgentemente una limpieza de cutis. Deja que me lea la mano a mí mismo, la respuesta tiene que estar ahí. Bueno, pues ninguno de los significados mencionados es cierto. Resulta que ese extraño gesto se usa para decir “estás loco/a” o “está loco/a”. Me sigue pareciendo un poco ilógico pero ahora lo uso muy a menudo.

6. Llevar siempre cash

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Formar parte de una sociedad evolucionada tiene las desventajas de que no se puede ir a trabajar en pijama ni llorar en público en la U-bahn (el metro) cuando te acabas de enterar de que One Direction se separan. Pero bueno, entre las cosas buenas, por otro lado, hay cosas como la libertad de expresión, los derechos humanos y el hecho de que las divisas y los bancos han simplificado nuestras vidas de maneras inimaginables. Por muy bien que esté el trueque, puedo ver la comodidad de ir al centro comercial sin tener que cargar con lingotes de oro, o yo que sé, vacas. Me sigue fascinando la posibilidad de comprar cualquier cosa con un rectángulo de plastiquito que te cabe en el bolsillo y que se puede usar en cualquier sitio del mundo. Bueno, en cualquier sitio excepto en Alemania. Las tarjetas de débito y de crédito expedidas por los bancos alemanes casi son consideradas objetos de coleccionista. Cuando intentas usarlas en cafés, bares y pequeños comercios estas tienen el mismo valor que un cromo coleccionable de Pokémon (aunque no sean tan monas) y normalmente las rechazan. Conclusión: en Alemania hay que llevar cash. Al principio será muy molesto, pero al final te acostumbras y serás capaz de pagar una comida dejando un fajo de billetes sobre la mesa y sin sentirte como un camello en la pausa del mediodía. Lo prometo.

7. Fingir el calor

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Atrapado por mi ingenuidad italiana, solía pensar que la temperatura era un buen referente a la hora de establecer si el día era frío o cálido, y solía actuar en consecuencia. En Alemania es otra historia, y básicamente hay dos reglas que te dirán exactamente qué temperatura se supone que tienes que percibir y cómo comportarte.

Regla número 1: si hace sol, hace calor

¿Hay algo mejor que despertarse y ver brillar el sol al otro lado del cristal de tu ventana? La única cosa que por supuesto tiene sentido hacer es ponerte unos pantalones cortos y una camiseta y lanzarte a la luz del sol. No importa demasiado que sea mediados de enero, que la calle esté helada y que tu piel se vaya poniendo más y más morada a cada paso que des. Hace sol y, por lo tanto, hace calor.

Regla número 2: si es verano, hace calor

Alemania, 21 de junio. Un tifón arrasa la ciudad y causa múltiples inundaciones. Sin embargo, la única opción que conciben mis compañeros de trabajo alemanes es tener todas y cada una de las ventanas abiertas. El agua entra en la oficina como en la escena de Titanic cuando Leonardo Di Caprio está esposado a la tubería y a punto de morir ahogado. Pero está bien. Porque es verano y, por lo tanto, hace calor.

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