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Comer y hablar: todo es empezar - el intercambio de culturas gracias a la comida

La comida ha dado pie a grandes episodios de la historia. Gracias a ella, sin importar nuestro idioma ni nuestra cultura, hemos llegado a importantes acuerdos.

Quizás la comida sea, junto con el amor y la música, uno de los lenguajes más internacionales, ¿no crees?

Es cierto que algunas alternativas, como los gestos, nos han salvado en más de una ocasión fuera de nuestras fronteras lingüísticas. Incluso los mundialmente conocidos iconos de whatsapp se han convertido en un nuevo lenguaje y sino, que se lo digan a la mujer del vestido rojo, que transmite a la perfección nuestro estado de euforia un viernes noche.

Viajando por el mundo me he dado cuenta de lo que puede llegar a hacer una persona por comer, y no voy tan lejos, concretamente mi padre, que es un amante de los gestos, protagoniza la escena. Os pongo en situación: seis y cuarto de la mañana en Hanoi (Vietnam), comedor del hotel, yo sentado en la mesa medio dormido con un trozo de pan y un café, y al fondo, prácticamente ya en la cocina, diviso a mi padre a la pata coja haciéndole la gallina al cocinero…"Quería 2 huevos fritos, hijo", me dijo. Anécdotas como esta tengo muchas, es gracioso, pero oye, mi padre consiguió su objetivo que era comerse 2 huevos fritos. Ahí es donde se puede ver que a través de la comida nos podemos comunicar. Da igual el idioma, da igual la cultura, en esa situación la gallina del whatsapp triunfó, aunque en este caso la gallina tenía bigote y era mi padre.

La comida nos junta en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en las bodas y en los funerales… En todas estas ocasiones, la comida es una excusa que sustituye a las palabras, que quiere decir una u otra cosa. “Queremos celebrar esto contigo”, “Pongámonos de acuerdo sobre este contrato”, “Gracias por venir, por formar parte de este encuentro”, “Estamos tristes, callemos, comamos”. Tomemos como ejemplo los entierros en el norte de Europa. Allí el silencio que inunda la estancia al final se traduce en un banquete, no existe el lenguaje pero sí la fuerza de la comida que reúne a todos y consigue amainar su dolor.

¿Y qué pasa cuando no hablamos el mismo idioma? Parece mentira, cuando estuve de Erasmus en Polonia, sin los seres queridos alrededor de una mesa que hacen que la velada no sea tan triste, y sin tener ni idea de polaco, me reuní con un grupo de estudiantes alrededor de una mesa comiendo zurek. A pesar de no entendernos nada, en nuestras caras se reflejaba la felicidad y el placer de haber comido semejante manjar sin tener necesidad de hablar y ahí es donde me di cuenta de que alimentarse es obligatorio, comunicarse no. Y más que obligatorio, es necesario, el comer es tan necesario como respirar, nos lo pide el cuerpo, es algo primario. Me remonto al siglo XVII cuando la patata, procedente de América y hasta entonces desconocida para nosotros, llegó a Europa y países como España pudieron sobrevivir gracias a este sencillo alimento tras la Primera Guerra Mundial. Esto es, a pesar de no entenderse entre ellos, tenían una necesidad mutua, algo por lo que valía la pena hacerse entender.

La comida también se ha usado para conseguir ciertos propósitos, ya fueran beneficiosos o macabros. En estos últimos los Borgia fueron los grandes maestros. Invitaban a cenar a sus enemigos y los envenenaban, muerte para los enemigos, triunfo para ellos. Ese tipo de envenenamiento surge también en el s. XXI aunque se traduce en comidas más amargas, sin víctimas mortales. Pero hay que fijarse en lo bueno, en la parte bonita de todo esto, que es lo que se consigue en la mesa, a través de la excusa de la comida. Ya sea una comida de trabajo donde nacen nuevos proyectos, que comidas familiares: todo fluye gracias a la comida que se comparte y se disfruta. Quizás un simpático pekinés, un sudafricano vegano y una rubia rusa no tendrán mucho en común, pero una comida sencilla y suculenta seguro que apaga sus diferencias hasta convertirlas en semejanzas. ¡Qué rico está este arroz! Y el vino, ¡exquisito!

La comida une, la comida reúne a la gente. A pesar de no hablar todos el mismo idioma, todos comemos igual y eso nos hace iguales. De la misma manera, todos pensamos mejor con el estómago lleno, por ello, las decisiones más importantes se toman con comida de por medio, o más bien, con lo que quede en el plato. Cuando le tienes que decir algo a un ser querido, ¿quedas con él para comer? ¡Claro! Tenemos que ser realistas señores, las noticias a través de la comida entran mejor. De una comida sale otra comida, del "lo que sobre, lo cenamos esta noche en mi casa", del "te veo la próxima semana para merendar", a la excusa de "yo pongo el vino". Seas de donde seas y hables el idioma que hables, comiendo se entienden todas las culturas.

Para comer no hace falta un idioma…

Para todo lo demás sí.