¿Las emociones significan cosas diferentes en otros idiomas?

¿Qué diferencia hay entre que podamos nombrar nuestros sentimientos o no?
¿Las emociones significan cosas diferentes en otros idiomas?

Sin importar qué tipo de técnicas de autorregulación emocional te han acompañado hasta la edad adulta, lo más probable que se hayan arraigado en ti a una edad muy temprana. Más tarde, el desarrollo de tus habilidades lingüísticas te permitió dejar de gritar para llamar la atención y nombrar simplemente lo que necesitabas. A medida que los niños pequeños van aprendiendo palabras básicas del mundo de las emociones, como “feliz”, “triste” y “enojado”, comienzan a comprender que los sentimientos abarcan un amplio espectro y merecen respuestas diferentes. Para el momento en que hemos madurado y nos hemos hecho adultos, generalmente ya funcionamos con un vocabulario mucho más consistente. Y sea una consecuencia directa de este conjunto de términos o no, también disponemos de una comprensión mucho más matizada de nuestro mundo emocional. Contar con más palabras para referirnos a las emociones es como tener un juego de crayones de lujo con colores de edición limitada: probablemente terminarás haciendo tu obra maestra con mucha más sutileza y complejidad. Ahora bien, si aceptamos la premisa de que la lengua desempeña un papel importante en la forma como procesamos nuestras emociones, surge de ahí otra serie de preguntas. ¿Un vocabulario más rico propicia una experiencia emocional más rica, o conduce a una explicación más complicada de los mismos sentimientos básicos? ¿Experimentamos todos los mismos sentimientos, o la lengua también juega un papel en lo que sentimos? ¿Y por qué a veces sentimos la necesidad de tomar prestadas palabras de otros idiomas para expresar emociones que nuestra lengua nativa no puede describir de forma adecuada?

¿Qué tan complicadas son las emociones?

Es una pregunta un tanto extraña: ¿en realidad, qué son las emociones? Hay dos formas básicas de abordar esta cuestión. Según la primera, las emociones son una especie de juicio que emitimos acerca de si se han realizado nuestras metas. Según la segunda, las emociones son cambios fisiológicos en nuestro cuerpo (frecuencia cardíaca, niveles hormonales) que están relacionados con lo que estamos pensando. A lo largo de la historia, varios filósofos y psicólogos han coincidido en su mayoría en que solo experimentamos un puñado de emociones. Una versión moderna y bien conocida de esta postura son las seis “emociones básicas” de Paul Ekman: felicidad, tristeza, ira, asco, miedo y sorpresa. Hoy en día, los investigadores están comenzando a permitir una variedad mayor en la gama de emociones (el mismo Ekman reconoce ahora hasta veintisiete). Entre las teorías líderes en este ámbito, existe al menos una que parte de la noción de que las emociones son un fenómeno biológico objetivo. El argumento de la “emoción construida” de Lisa Feldman Barrett sostiene que las emociones son la forma como nuestros cerebros dan sentido a varios estados de excitación fisiológica en función de nuestra cultura, nuestras expectativas y el lenguaje que usamos para describirlos. En pocas palabras, los síntomas fisiológicos de una emoción son un hecho objetivo, pero su significado no lo es. El significado asignado por nosotros, a menudo en función de nuestro condicionamiento cultural. Esta tesis está respaldada por el hecho de que los escáneres cerebrales de personas que afirman estar experimentando las mismas emociones no siempre tienen el mismo aspecto.

¿Las emociones están influenciadas por la cultura?

Más allá de identificar las emociones básicas, Ekman descubrió que las “reglas de visualización” que indican cómo se expresan las emociones varían de una a otra cultura. Eso significa que aunque probablemente todos sentimos interiormente las mismas emociones básicas, las expresamos de diferentes maneras según nuestro entorno cultural. Por ejemplo, las culturas individualistas (como las de las sociedades occidentales) valoran las emociones de alta excitación y la autoexpresión, mientras que las culturas colectivistas (como las de las sociedades orientales) tienden a valorar las emociones de baja excitación y la interdependencia. Esto explica por qué el concepto de “felicidad” puede tener características muy diferentes según el lugar donde te encuentres. En Estados Unidos, “feliz” es sinónimo de “optimista”. En China, “feliz” es más bien un estado pacífico y equilibrado de satisfacción. Ciertas culturas también admiten tasas mucho más altas de “dialecticismo emocional” (capacidad de sentir emociones encontradas) y de “diferenciación emocional” (capacidad de distinguir y nombrar estas diferentes emociones). Este rasgo se encuentra con mucha más frecuencia en lugares como Malasia, Singapur, Filipinas, Rusia, India y Japón que en Canadá, Estados Unidos, Australia y el Reino Unido. Resulta tentador deducir de ello que la lengua configura la forma como percibimos la realidad. Esta teoría tiene un nombre dentro de la comunidad de lingüistas: la hipótesis de Sapir-Whorf. Aunque este concepto no tiene una gran acogida en estos días, tampoco se ha abandonado por completo. Algunos lingüistas apoyan una versión más moderada de la hipótesis de Sapir-Whorf, que se conoce como el principio de Boas-Jakobson. Este postula que el lenguaje está limitado no tanto por lo que los idiomas tienen la capacidad de decir, sino por la información condicionada gramaticalmente. Por ejemplo, el género gramatical es una característica que forma parte de algunos idiomas, lo que implica que los objetos inanimados tienen que tener género en algunos idiomas, pero en otros, no. Esto no significa que las lenguas carentes de género sean incapaces de transmitir la idea de este, sino que no tienen por qué hacerlo. Algunos estudios parecen indicar que esto afecta sutilmente la visión del mundo de los hablantes, aunque no la altere de manera radical. Un ejemplo famoso de ello remite a un experimento que estableció que los hispanohablantes tienden a describir ciertos objetos, como un puente (masculino: el puente), usando adjetivos masculinos (“fuerte”, “resistente”), mientras que los germanoparlantes describen este mismo objeto (femenino: die Brücke) usando adjetivos femeninos (“hermoso”, “elegante”). Esto significa que el “género” de los sustantivos afecta la forma como interpretamos sus referentes, es decir, los objetos a los que se refieren. ¿Qué tiene que ver todo esto con las emociones? Bueno, un estado fisiológico de alta excitación es algo de lo que todos los seres humanos son capaces biológicamente, del mismo modo como, objetivamente, los puentes pueden existir en todas las sociedades. Sin embargo, no es un hecho que todos los idiomas dispongan de palabras precisas para transmitir el mismo tipo de emociones. Los hispanoparlantes, por ejemplo, en realidad no tienen una manera de decir lo que un estadounidense expresa con la frase: “I’m excited”. Si alguien dice literalmente Estoy excitado, está transmitiendo un tipo diferente de excitación (ya sabes cuál). La emoción excesiva que se expresa así en inglés y que parece extraída de una caricatura no se registra en la cultura hispanohablante, por lo cual el idioma no tiene una necesidad real de describirla. El concepto japonés de amae tampoco se registraría realmente en la mayoría de las sociedades de habla española o inglesa, porque se refiere al sentimiento de cercanía que surge entre dos personas cuando una de ellos le pide a la otra un favor. En lugar de sugerir una carga o molestia, o incluso una incomodidad por el hecho de ser quien pide el favor, en la cultura japonesa la gente suele ver en los favores un signo de intimidad y confianza. Los conceptos acerca de las emociones, entonces, pueden tener códigos diferentes de acuerdo con el idioma y la cultura. Tomemos, por ejemplo, el concepto de “aflicción”. La palabra persa ænduh significa tanto “aflicción” como “arrepentimiento”. En el dialecto sirkhi del dargínico, la palabra dard se refiere tanto a “aflicción” como a “ansiedad”. Así que mientras un idioma relaciona el sentimiento de aflicción con el arrepentimiento, el otro lo vincula con la ansiedad. ¿Y la rabia? En los idiomas indoeuropeos, la “rabia” tiene una relación estrecha con la “ansiedad”, mientras que en los idiomas austroasiáticos, como el vietnamita y el jemer, se asocia con la “aflicción” y el “arrepentimiento”. Las lenguas naj-daguestaníes relacionan la rabia con la “envidia”; las austronesias, como el tagalo y el maorí, con el “odio” y la condición de “malo” y “orgulloso”. En cualquier idioma las emociones pueden ser complejas, y las diferentes asociaciones muestran cómo cada cultura se relaciona con una u otra emoción.

El vasto mundo de las palabras que expresan emociones

Es lógico pensar que algunos idiomas son mejores que otros para describir ciertos tipos de sentimientos, algo que comprendes a la perfección si alguna vez has preferido usar de una vez una palabra extranjera en lugar de describir torpemente ese sentimiento en tu idioma. Tan solo piensa en Schadenfreude… ¿Y sabes qué? Según ciertas investigaciones, nos las arreglamos mejor en la vida cuando hemos ampliado nuestro vocabulario para nombrar las emociones. Las personas que tienen un alto nivel de detalle al referirse a los sentimientos pueden recuperarse del estrés más rápidamente y es menos probable que recurran al alcohol como mecanismo para superarlo. Es más, en una investigación se estableció que los niños que aprendieron palabras más matizadas también obtuvieron mejores calificaciones y mostraron un mejor comportamiento en el aula. Aquí te presentamos algunos conceptos intraducibles que quizás desees agregar a tu vocabulario para expresar ciertas emociones. Dadirri (lenguas aborígenes australianas ngan’gikurunggurr y ngen’giwumirri) Un estado espiritual de escucha profunda y reflexión sosegada. Gigil (tagalo) — Cuando amas tanto a alguien que solo quieres apretarlo. Gjensynsglede (noruego) — La alegría de encontrarte con alguien que no has visto en mucho tiempo. Hyggelig (danés) — Cuando te sientes íntimamente a gusto, cómodo, acogido con calidez. Mbuki-mvuki (bantú) — Quitarte la ropa para poder bailar más libremente. Saudade (portugués) — Un estado de anhelo profundo y melancólico por algo que quizás nunca regrese o que quizás nunca haya sucedido. Schadenfreude (alemán) — Cuando se disfruta la desgracia ajena. Shinrin-yoku (japonés) — Un estado de relajación que se obtiene al pasar un rato en el bosque. Sisu (finlandés) — Un espíritu inquebrantable de determinación, perseverancia y resiliencia. Tarab (árabe) — Un estado de éxtasis o frenesí inspirado por la música.

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