Mis 8 palabras en italiano favoritas

Las maravillas del idioma italiano explicadas desde el punto de vista de un inglés.
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ESCRITO POR Mara Zatti
Mis 8 palabras en italiano favoritas

Nuestro compañero Ed ha decidido compartir con nosotros cuáles son las palabras en italiano que más le gustan. Después de la lista de las palabras favoritas en alemán, un idioma que conoce muy bien y en el que puede distinguir los pequeños matices de los significados, nos ha desvelado que para el italiano hay muchos factores a tener en cuenta. Ed nunca ha vivido en Italia y, por lo tanto, nunca ha podido utilizar el italiano en su vida cotidiana.

No obstante, ha estado en contacto directo con este idioma en sus numerosas visitas al país de la bota, y ha intentado comunicarse con la ayuda de los famosos diccionarios de “frases útiles” (¡todos los conocemos!), además de entablando conversaciones improvisadas llenas de gestos (funcionan siempre, ¿los habéis utilizado?).

Elaborar una lista ha sido una tarea difícil, no solo debido a su escaso conocimiento del idioma, sino principalmente a su confesión: “hay muchas palabras en italiano que son maravillosas”. La musicalidad, el sonido de cada palabra… todo le encanta.

¿Qué palabras ha elegido con tanta duda?

Por fortuna, a Ed le gustan los retos, y al final ha conseguido elaborar una lista de sus palabras italianas favoritas.

Veamos qué es lo que le ha enamorado de estas palabras que, para los italianos, son muy familiares y no tienen ninguna connotación particular.

Creo que después de leerla nadie permanecerá indiferente.

Aquí la lista de las mejores palabras en italiano

Esta conjunción, que para los italianos es insignificante, fue para Ed un chaleco salvavidas mientras escuchaba el incesante flujo de palabras de sus amigos italianos.

Mientras hablaban y hablaban, sobre algo que él obviamente desconocía, esa era la palabra que no dejaba de repetirse y la única que podía comprender: allora (entonces).

Este es el motivo por el que ocupa el primer lugar en su lista de palabras favoritas, y representó la clave para que comprendiera, en alguna ocasión, los diálogos que sus amigos intercambiaban. ¿Todo claro?

Allora, ¡vamos con la segunda!

Rocambolesco

Rocambolesco

Cada ocasión en la que escucha este adjetivo, Ed retrocede en el tiempo, a la Francia del siglo XIX, y es que este término deriva de una figura imaginaria presente en varias novelas del escritor Pierre Alexis Ponson du Terrail.

Se trata de un ladrón amable, comparado con personajes conocidos como Arsenio Lupin (no sé tú, pero yo debo admitir que estoy pensando en dibujos animados en este momento y no en las novelas del siglo XIX).                                                                                                                                                

Y así es como Ed nos cuenta que, al escuchar rocambolesco, se pone en la piel de un aventurero romántico, listo para conquistar Italia y el italiano.  

Chiacchierone/a

Chiacchierone

Bueno, sí, esta es una palabra que pocos dejarían fuera de una lista de las palabras (y costumbres) más típicas italianas. Ed no es una excepción.

En aquel momento, Italia fue la primera escala de un viaje que posteriormente le llevaría a Austria, Suiza y Alemania del sur.

Ciudad de origen: Venecia.

Quienes la hayan visitado, conocen los efectos que esta ciudad tiene sobre los extranjeros (y no solo sobre ellos): un laberinto de calles, plazas y plazoletas, que parecen estar planeadas para que las personas se pierdan y nunca encuentren el camino de regreso.  

Si a todo esto le añadimos una amiga italiana que os cuenta todo (¡todo!) lo que le ocurrió el año pasado junto a todos (¡todos!) los chismes sobre sus amigos, la confusión está asegurada.

Pero en un determinado momento, incluso las personas más despistadas podemos tener un momento de lucidez y dudas existenciales, que en el caso de la amiga de Ed se expresó en “Soy una auténtica chiacchierona (charlatana), ¿verdad?”.

Ed tuvo que preguntar cuál era el significado de esta palabra, pero creo que su corazón (cómplice indiscutible de sus cansados oídos) ya lo había comprendido.

El sonido de esta palabra, Kik-kie, está totalmente relacionado con las sensaciones aún vivas de Venecia, los personajes de la historia y las anécdotas de la amiga.  

Sfizio

Sfizio

Incluso Ed, que se define así mismo como un “turista que nunca se distrae”, que va directo a lo que tiene que hacer, sin dejar que nada le seduzca, no ha podido resistirse a un sfizio (capricho) durante el viaje.

Y lo hizo del modo más turístico, en la peor acepción del término: ¡compró una máscara veneciana!

Según nos cuenta, la culpa es de la confusión en la estación de Venecia (“Solo quería coger el tren a Ferrara”), del carnaval y, sobre todo, del sonido sibilino de la palabra, que debe haber tenido su parte en esta evidente pérdida de estilo.

Él, el aventurero rocambolesco, el pícaro, el héroe… ¡luciendo una máscara veneciana!

Struggimento

Struggimento

Y desde Ferrara, emprendió su camino a Bolonia, la ciudad estudiantil por antonomasia. Si nos encontramos en un lugar que no conocemos, a menudo ponemos todas nuestras esperanzas en la guía turística, a la que nos agarramos con fuerza como si fuera una varita mágica que nos ayudará a salir de cualquier apuro.

Con todos nuestros sentidos inmersos en la lectura, ignoramos las señales externas que, quizás, nos habrían ahorrado algunos problemas… o, al menos, desilusiones.

Y de hecho había indicios que vaticinaban lo peor: el cielo oscuro, ningún estudiante por la calle y, en su lugar, ejecutivos con chaqueta y corbata que parecían haberse apropiado de la ciudad.

Ed, inmerso en la guía y todavía convencido de sus poderes, llamó al único hotel que encontró en el apartado “Dormir”.  

Lleno.

Como todos los otros en los que ya había estado.

Fue entonces cuando llegó el momento de que nuestro héroe (el rocambolesco aventurero solitario) se quitara la máscara (veneciana) y se dirigiera a la oficina de información turística, donde le explicaron que, en caso de que todavía no se hubiera dado cuenta, todos los hoteles estaban llenos debido a una conferencia que había en la ciudad.

No sabemos si se trató de la humillación de tener que ir a la oficina de información turística (él, el auténtico aventurero), de percatarse de que no tenía ningún sitio para dormir o de la concienciación, por primera vez, de que era joven.

Solo hay una cosa clara en su historia: tenía un peso encima, un sentimiento de desesperación que no era capaz de explicar.

Sería una amiga italiana, con el viaje ya terminado, quien le ayudaría: se trataba de struggimento (tortura que nunca parece acabar). Una sensación que nunca había experimentado porque no sabía que se podía sufrir de este modo en un mundo justo, ¡y porque no conocía ninguna palabra que describiera esta situación!

Dondolare

Dondolare

Ed aprendió una lección muy importante de su noche en Bolonia, y en la siguiente parada de su viaje, Florencia, realizó una reserva en un bonito hotel sobre el río Arno.

“Eso no es muy rocambolesco”, dirá la gente, pero es que las horas pasadas en el sofá de un amigo de la señora de la oficina de turismo habían dejado su huella.

Los héroes solitarios también necesitan reposo (y comodidad) de vez en cuando.

La imagen que observó cuando llegó al hotel pareció confirmar su elección: personajes medio dormidos sentados en la entrada, aturdidos con la pereza de la sobremesa. El único movimiento que se podía percibir era el de una mecedora, en la que un muchacho soñoliento no dejaba de dondolare (balancear) el asiento y coquetear, sin mucha energía, con la recepcionista con un fuerte acento australiano.

Y como si hubiera sido colocado a propósito, un cartel colgaba al lado de la silla: “No dondolare la mecedora, dondolone (holgazán)”.

Fue así como el verbo dondolare quedó impreso en la memoria de Ed como un sinónimo de contemplar el tiempo, de la calma y la tranquilidad de una tarde bochornosa, acompañada del movimiento de este don-do-la-re.  

Mozzafiato

Mozzafiato

Algunas veces, nos olvidamos del significado original de las palabras que escuchamos todos los días, por su uso habitual, y tiene que llegar un extranjero para recordárnoslo.

Este es el caso de mozzafiato: mozza (interrumpir o cortar) y fiato (respiración). Probablemente sea la palabra más adecuada para describir la sensación que invade a un turista que visita Roma por primera vez. En particular si se encuentra frente a determinados monumentos.

El papá de Ed se lo había dicho: “¡Ve a ver la Piedad, nunca te encontrarás frente a una piedra esculpida de un modo tan extraordinario!

Cansado de guías e itinerarios turísticos que son recorridos sistemáticamente, Ed había llegado a Roma con ganas de perderse por las calles y callejuelas, y parecía que el tan esperado momento había llegado: estaba en la Basílica de San Pedro y, acordándose de las palabras de su padre, entró para ver esta escultura mozzafiato.

Ed estaba allí, inmerso en la gran multitud, entre los incesantes flashes y los guías que gritaban informando a turistas desinteresados.

El único sentimiento que tuvo fue el de marcharse a un rincón solitario, lejos de las voces y el murmullo.

Vagando y saboreando la libertad de no tener una meta preestablecida, llegó a una pequeña iglesia cerca del Coliseo, y, de repente, se encontró delante del majestuoso Moisés de Miguel Ángel, que lo observa en silencio. Esta es la sensación mozzafiato: la respiración que se corta delante de esta belleza divina creada por el hombre.

Dietrologia

Dietrologia

Ed acabó su viaje, pero la lista contiene otra palabra: dietrologia (teoría conspiradora).

Podríamos suponer que esta palabra hubiera llamado su atención por su particularidad y su uso típicamente periodístico.

Para Ed está relacionada indiscutiblemente con la historia de uno de los campeones italianos, el ciclista fallecido Marco Pantani, y la interesante lectura de la biografía que el escritor inglés Marc Rendell dedicó al deportista y a su trágica muerte.

La vida de Pantani ocupa un lugar destacado en la historia del deporte y la cultura italiana, y Rendell describe la noción de dietrologia como una clave fundamental para comprender los altos y bajos de la vida de Pantani, junto a su trágica muerte.

En estas últimas líneas le cedo la palabra a Ed, para que sepas directamente de él las razones que le motivaron (y le motivan) a aprender idiomas nuevos constantemente.

Aprendí mis primeras palabras en italiano motivado por la necesidad más vital: ¡comer!

Los rugidos de mi estómago parecían escucharse más que las palabras que, con cuentagotas, salían de mi boca.

El hecho de que la comida que has pedido llegue a la mesa es una experiencia que te confirma la utilidad de las palabras aprendidas en el nuevo idioma.

Estas pequeñas satisfacciones son fundamentales para el proceso de aprendizaje y alimentan continuamente mi interés por los idiomas en general, y el italiano en particular.

Hay palabras que nos gustan en especial por diversos motivos: dondolare y sfizio producen una bonita eufonía, son un placer para los oídos, mientras otras como mozzafiato y struggimento aportan un matiz diferente a las palabras equivalentes en nuestro idioma, enriqueciéndolo con nuevas connotaciones.

Neologismos como dietrologia nos muestran una nueva perspectiva sobre una determinada cultura.  

Aunando todos estos niveles se crea un mapa con el que nos podemos orientar en cada idioma. Creo firmemente en que este mapa puede permitir que nos guiemos y dirijamos a un destino, de un modo mucho más complaciente que el que una guía turística nos pueda ofrecer, y esta certeza es otra de las motivaciones que hace que continúe aprendiendo.

Dejé Roma atrás e inicié mi camino hacia el norte, pasando por Milán. Cuando atravesé la frontera con Suiza tuve que refrescar mi francés. Pero esa es otra historia, para otro momento, y sobre todo para una lista de palabras favoritas nuevas.

(Ed Wood)

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