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Perú en 10 expresiones

Huayna picchu, maracuyá sour y Plaza de Armas, te presento estas y otras expresiones en las que pienso cada vez que recuerdo alguno de mis viajes a Perú.
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ESCRITO POR Aniko Villalba
Perú en 10 expresiones

Ilustraciones de Angelica Liv

Viajé a Perú por primera vez hace diez años, mientras recorría América Latina y, en Lima, conocí a quien hoy es una de mis mejores amigas. Con la excusa de ir a visitarla, volví cinco veces (y aproveché para probar comidas nuevas y aprender expresiones típicas). Estas son 10 expresiones de Perú que se me vienen a la cabeza cuando recuerdo alguno de esos viajes.

Cielo color panza de burro

Cielo panza de burro - Perú

Debo haber pasado casi cinco meses de mi vida —si sumo todos los viajes que hice a Perú— en Lima y siempre me quedo con ganas de volver. Una de las primeras cosas que aprendí fue que en Lima no llueve, y que si cae agua no es más que un goteo suave para el que ni hace falta paraguas. El cielo limeño casi siempre está cubierto de nubes grises y lo llaman, con cariño, “cielo color panza de burro” (la expresión fue creada por Héctor Velarde Bergmann, arquitecto y escritor peruano).

Me quedé jato

Una tarde, el hermano de mi amiga y yo intercambiamos expresiones típicas de nuestros países, como quien cambia figuritas. Él era fan de Soda Stereo y conocía muchas palabras del lunfardo argentino. Yo, en cambio, no estaba familiarizada con la jerga peruana, así que saqué mi cuaderno y empecé a apuntar como si estuviese en un dictado.

Aprendí, entre otras:

  • Chamba (trabajo).
  • Jato (casa).
  • Me quedé jato (me quedé dormido).
  • Chela (cerveza).
  • Estoy misio (no tengo plata).
  • Mi flaca o mi enamorada (mi novia).
  • Un floro (lo que en Argentina llamaríamos un chamuyo, una mentira).

Fue la primera vez que sentí que el español era un idioma lleno de rincones desconocidos.

Ceviche

Lo probé por insistencia de un amigo peruano. Fuimos a un lugar muy popular en el centro de Lima y mi amigo me explicó que el dueño había empezado vendiendo sus ceviches en un carrito a la salida del estadio de fútbol. Pedí el mío de pescado y sin picante. Fue un antes y un después en mi vida gastronómica. Nunca había sentido esa mezcla de sabores en un mismo bocado: la acidez del limón que se usa para macerar el pescado, la cebolla un poco picantita, el choclo y, mi parte preferida, el sabor dulce del camote. Cada vez que puedo, me como un ceviche y me teletransporto a Perú.

Maracuyá sour

Maracuyá Sour - Perú

La gastronomía peruana es una de mis preferidas del mundo y lo que más me gusta es la fusión de sabores (y continentes) que hay en sus platos. Si bien me resulta muy difícil elegir uno solo —me encanta la papa a la huancaína, el ají de gallina, el pollo a la brasa, el lomo saltado y la ensalada de palta—, hay una fruta que me enloquece y que podría comer todos los días: el maracuyá. Sé que crece en cualquier país tropical, pero en Perú fue donde descubrí que el maracuyá va bien con todo: sushi con maracuyá, maracuyá sour (otra versión del pisco sour), ceviche con maracuyá, cheesecake de maracuyá. Aunque mi versión preferida siempre será el maracuyá puro, para comer a cucharadas.

Plaza de Armas

La primera vez que me paré en el centro de la Plaza de Armas de Cusco me olvidé de respirar. Y no, no fue por la altura (3399 metros sobre el nivel del mar): sentí que había llegado a un lugar mágico. Todos los días que estuve ahí, repetí la misma actividad: me senté en un banco a mirar la vida cotidiana. Vi grupos de chicos jugando en la fuente de agua, turistas entrando y saliendo de la Catedral, vendedores ambulantes de tours y cigarrillos, parejas abrazadas al sol, abuelos descansando. De fondo, las casas construidas en las laderas de las montañas, las hileras de techos color ladrillo, las nubes bajas, el cielo azul. Supe que, cada vez que quisiera ver la vida de una ciudad o pueblo peruano, tendría que sentarme en el centro de su plaza de armas.

Huayna picchu

Pasaron muchas cosas en el ascenso de 300 metros a la cima del Huayna Picchu, la montaña que suele salir de fondo en todas las fotos panorámicas de Machu Picchu. En primer lugar, la subí casi sin ver nada, ya que era temprano y el paisaje seguía cubierto de niebla. En algún punto me quedé sin aliento —la subida lleva unos 45-60 minutos— y frené a descansar, y gracias a esa pausa conocí a quienes hoy son tres de mis grandes amigas argentinas —una de ellas, la ilustradora de mis libros—. Y, cuando llegué a la cima, sopló un viento, la niebla se disipó y vi, por primera vez, las ruinas de Machu Picchu, desde lo alto.

Temblor

Estaba durmiendo y sentí que alguien movía la cama. Abrí los ojos sin entender y vi que la lámpara que colgaba del techo se balanceaba como un péndulo y los objetos vibraban. Alguien gritó “temblor” y salimos corriendo de la casa, mientras el piso se seguía moviendo bajo nuestros pies. Más tarde leí en el diario que había sido un sismo de 5.3 grados, el temblor número 33 en lo que iba del año. Perú está ubicado sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, una zona altamente sísmica de la Tierra, lo que hace que los temblores sean frecuentes.

Costa / sierra / selva

Perú no solo es variado en su gastronomía, también lo es en su geografía, paisajes y grupos culturales. Cada vez que voy a Perú o que hablo con un peruano aparece en la conversación alguna de estas tres palabras —costa, sierra, selva—  o una referencia a algo que es típico en alguna de esas regiones. “Para comer eso tienes que ir a la sierra”, “Si te gusta el surf ve a las playas de la costa norte”, y casi todos coinciden en que tengo que conocer la selva. Todavía es un pendiente, así que espero hacer otro viaje pronto y descubrir ese mundo de río y naturaleza.

El tráfico

Nunca estuve en un tráfico como el de Lima, donde los autos y las combis parecen jugar al Tetris. La primera vez que fui me tocó hacer un curso acelerado de viajes en combi: aprendí que los recorridos de cada línea se anuncian a viva voz, que el coconductor cobra el boleto, que la cumbia va a todo volumen, que siempre hay espacio para un pasajero más. Aprendí, también, que en los taxis el precio siempre se acuerda de antemano —y se regatea—, y que formar parte del tráfico es una experiencia en sí.

Ya

Cada vez que hablo por teléfono con mi amiga peruana aprendo expresiones nuevas. Gracias a ella conozco y entiendo palabras como chévere, bacán, alucina, habla pe, mi broder, pucha, huevona y asuuu. Y, en cada charla, descubro un uso nuevo de la palabra “ya”. Según la entonación y el contexto, esas dos letras juntas pueden significar sí (“ya”), basta (“¡ya!”), apúrate (“¿ya?”), continúa (“ya…”), ¡ah! (“ahhh ya”) y no te creo (“yaaa pues”). Y seguramente todavía me quedan varios significados por aprender, pero quedarán para el próximo viaje.

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