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¿Qué es el lenguaje?

Los lingüistas y filósofos pueden ayudarnos a entender qué es lo que hacemos cuando usamos palabras y gramática para comunicarnos.
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ESCRITO POR Nuno Marques
¿Qué es el lenguaje?

Ilustrado por Sheere Domingo

Todos hemos aprendido al menos un idioma a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, ¿alguna vez te has preguntado qué define realmente un idioma? Más específicamente, ¿qué es lenguaje? Sabemos que lo necesitamos para comunicarnos, pero quizá comunicación y lenguaje no son siempre lo mismo. ¿A dónde va esto? Podrías hablar chino mandarín, pero ser incapaz de comunicarte en inglés. La comunicación no se trata necesariamente solo de la herramienta, pues puede que sonrías y señales algo para comunicar un pensamiento o una intención, pero el lenguaje en sí requiere de una complejidad más universal que sobrepasa estos simples gestos.

Empleamos el término “lenguaje” de una forma un tanto generosa. El lenguaje corporal y el lenguaje de programación son dos ejemplos. ¿Qué los diferencian de las lenguas a las que recurrimos diariamente en el trabajo o en casa, como el inglés o el japonés? ¿Son los humanos los únicos capaces de usar el lenguaje?

Las características definitivas del lenguaje

Valoramos el lenguaje inmensamente porque es prueba de un intelecto sofisticado. En la década de 1960, Charles F. Hockett afirmó que todas las culturas estudiadas hasta ahora han podido demostrar su habilidad para comunicarse al cumplir los siguientes requisitos.

La vía más usada surge gracias a la lengua y su sistema canal vocal-auditivo. Una de las teoría hace eco de que, en algún momento de la cadena evolutiva, nuestra laringe descendió, lo que dio paso a la posibilidad de crear sonidos increíbles con ella (¡y también nos llevó a la posibilidad de ahogarnos!). Hacemos uso de nuestras habilidades vocales para hacer resonar palabras y de las auditivas para percibirlas. Este desarrollo permitió la liberación de nuestras manos libres para que pudiéramos hacer otras cosas con ellas. Si lo percibimos de esta manera, podemos preguntarnos qué sucede con el lenguaje de signos, el cual conlleva el uso de nuestras manos y de la visión y genera, así, un grado de complejidad más alto para llevar a cabo más tareas simultáneamente.

Somos capaces de producir sonidos e identificar de dónde provienen, habilidades conocidas como transmisión irradiada y recepción direccional. Podemos reproducir cualquier sonido que entendamos –intercambiabilidad– y escuchar nuestras propias mentes –retroalimentación. Nuestro discurso hablado también está sujeto a una transitoriedad: deasparece de repente, sin dejar rastro (a diferencia de las huellas en la nieve o la escritura).

El habla, según Hockett, es una actividad dirigida, no se trata de un efecto secundario de cualquier otra acción; una característica que podemos definir como especialización. Los perros, por ejemplo, emiten sonidos de forma inadvertida cuando jadean con la lengua fuera –una forma de enfriar su temperatura corporal–. Estos sonidos no tienen semanticidad (no tienen significado: los perros no afirman de forma intencionada “tengo calor”). Los humanos, por su parte, producen sonidos intencionados y con significado.

Al comunicarnos, también percibimos arbitrariedad, puesto que los símbolos que usamos como referencia del mundo no tienen correlación con lo que describen. Como ejemplo, se puede ver la palabra “mesa”, que en alemán es “Tisch” y en inglés, “table”; se trata de un mismo objeto con denominaciones diferentes. Esto supone que no hay límites en cuanto a lo que se pueda comunicar con el uso de sonidos. Algunos se parecen –“peso” y “beso”–, por lo que empezamos a separarlos y categorizarlos según el contexto que los rodea.

Sabemos que estas palabras/sonidos son diferentes porque el lenguaje posee discreción. Cuando nos referimos al “beso” que nos dieron ayer, no se trata de algo tangible. Puede tratarse de algo remoto en el tiempo o en el espacio, lo que la atribuye al lenguaje la propiedad del desplazamiento. Podemos imaginar nuevas palabras y denominar objetos nunca antes mencionados a base de patrones previos, prueba de la productividad del lenguaje.

Ahora bien, ¿cómo adquirimos la capacidad de comunicarnos? A través de la transmisión tradicional: enseñanza y aprendizaje. Podemos añadir también que el lenguaje cuenta con dualidad o doble articulación, que nos permite cambiar el orden de pequeñas unidades de sonido de varias formas para obtener significados diferentes. Un ejemplo de lo anterior es “gato” y “gota”, palabras diferentes con significado propio formadas a partir de los mismos cuatro sonidos básicos y reordenados de forma diferente. ¡Así de ingenioso es el lenguaje!

Los niños tienen dificultades para dominar su lengua materna en un plazo de cinco a seis años, independientemente de su complejidad.

Si pudiera hablar con los animales…

Estas características son interdependientes, y todas ellas solo se encuentran en humanos. Lamento explotar tu burbuja, Dr. Doolittle, pero los animales no humanos no poseen todas estas características interdependientes cuando se comunican. Algunos estudios científicos se han encargado de analizar el comportamiento de la comunicación por parte de animales, entre los cuales están los monos de Vervet: estos utilizan sonidos para advertir a otros monos de serpientes y depredadores de la zona, pero nunca se les ha pillado mintiendo sobre ello a otros monos con intención de engañarlos.

El canto de las aves cuenta con una gran distinción por género, los machos pían de forma diferente a las hembras. Sin embargo, todavía hay un gran desconocimiento sobre las características de la comunicación animal: hasta hace poco, el consenso científico afirmaba que solo las aves piaban. Actualmente, algunos estudios dan pistas de que su comprensión real puede ser vaga, por lo que algunas de las características que se dan por hecho podrían seguir poniéndose en tela de juicio en el futuro.

La especificidad del lenguaje no consiste necesariamente en una prueba humana de superioridad –después de todo, las cucarachas seguramente sobrevivan a la raza humana–, pero hay que reconocer la naturaleza única del lenguaje.

Esta definición de lenguaje está todavía pendiente de debate, pero reflexionar sobre ella nos lleva a la siguiente pregunta:

De dónde viene el lenguaje

Primera teoría: Es en su mayor parte cultura

El punto de vista conductista propuesto por B. F. Skinner sugiere que el lenguaje no es algo innato a los seres humanos, sino que se aprende a través del ensayo y el error. Los bebés deben estar expuestos a él para adquirir habilidades lingüísticas. Si no logran socializarse lingüísticamente, con el tiempo serán incapaces de producir lenguaje de un adulto. El enfoque conductista de Skinner cree que el lenguaje es un comportamiento que se moldea a través del refuerzo de otros individuos.

Este identificó cuatro operantes verbales. El mando ocurre cuando los niños piden ayuda. Por ejemplo, cuando gritan “¡Mamá!” porque necesitan a su madre. El tacto sucede cuando ellos nombran o identifican objetos, por ejemplo, al decir “osito de peluche” para referirse a un muñeco de felpa. El operante verbal ecoico se da cuando repiten lo que se les ha dicho, por ejemplo, al decir “¡Feliz!” cuando alguien les ha dicho “¡Feliz!” a ellos. Finalmente, el operante intraverbal ocurre al contestar preguntas o tener conversaciones donde las palabras del orador conducen a otras palabras, por ejemplo, cuando una madre dice “¡Mamá y…!” y el bebé responde con “yo!”.

La teoría del lenguaje de Skinner ha mantenido su influencia hasta el día de hoy, pero a mediados del siglo XX un crítico publicó las lagunas que había encontrado en ella.

Segunda teoría: Es en su mayor parte genético

Noam Chomsky propuso de forma célebre que los infantes poseen un dispositivo de adquisición del lenguaje que precondiciona el proceso de aprendizaje y sugiere la existencia de una Gramática Universal, un conjunto de reglas que corroboran la teoría generativa del lenguaje.

Según Chomsky, estudiar el lenguaje puramente desde la perspectiva estímulo-respuesta sin ningún conocimiento de sus entresijos ignora la valiosa información que podemos recopilar sobre los procesos fisiológicos. Además, existe una gran pobreza de estímulos en la adquisición del lenguaje –una falta de información coherente percibida por los bebés– ¿cómo puede un bebé adquirir el lenguaje sin algunas habilidades cognitivas preexistentes?

Supongamos que poseemos un aparato cognitivo que nos prepara para aprender idiomas de manera estructurada. Esto daría comienzo a la explicación de la capacidad que tienen todos los humanos para aprender un idioma desde una edad temprana. Seis meses después de nacer, un bebé balbucea mucho (los bebés sordos balbucean con las manos, imitando el lenguaje de signos), entre los 9 y 18 meses puede hablar utilizando palabras simples, hacia los 18 meses comienza a hablar con oraciones cortas y después de los dos años produce estructuras de oraciones más largas. Después de 30 meses habla su lengua materna con estructuras gramaticales y funcionales más complejas de lo que los “operantes verbales” de Skinner pueden explicar.

La adquisición de vocabulario también avanza rápidamente. Los bebés alcanzan la cifra de 10 palabras a los 13 meses, 50 palabras a los 17 meses y 310 palabras alrededor de los 24 meses. Después del tercer año, los niños tienden a aprender 10 palabras al día. Los niños tienen dificultades para dominar su lengua materna en un plazo de cinco a seis años, independientemente de su complejidad. Uno de los casos más comunes es ver a los niños cuando conjugan verbos de acuerdo a un modelo regular (“Se ha rompido el muñeco”) y los adultos tienen que corregirlos. Esto nos llevaría a asumir la existencia de estructuras fijas producidas genéticamente (estructuras generativas) capaces de enmarcar y regular la adquisición del lenguaje.

Suena plausible. Desafortunadamente, esta teoría no se puede probar. Chomsky no llegó a esta conclusión mediante experimentos de laboratorio, ni estudió los más de 7 000 idiomas del mundo para confirmarlo. Simplemente lo infirió y, por ello, los críticos lo acusan de confundir las habilidades cognitivas generales en el desarrollo de un niño con las habilidades innatas para producir lenguaje.

Tercera teoría: Todo es metafórico

Hasta ahora solo hemos mencionado los enfoques científicos del origen y desarrollo del lenguaje, pero también podemos investigar sobre el lenguaje desde una perspectiva filosófica. Mucho antes de que Chomsky y Skinner formularan sus hipótesis, Nietzsche reflexionaba sobre la naturaleza del lenguaje. Según él, el intelecto humano crea una simulación del mundo y del lenguaje a través de nuestro impulso fundamental para las metáforas, que conduce a la creación de palabras que conforman conceptos. Estudiar el lenguaje y su origen desde un punto de vista científico moderno difunde la idea de que no existe una correlación clara entre una palabra y lo que existe fuera de nosotros (el género de los sustantivos un buen ejemplo: “llave” es femenino en español y masculino en alemán.

Las palabras nunca pueden decir la verdad, de lo contrario, ¿por qué tendríamos tantos idiomas diferentes? Solo habría una, la verdadera lengua que se corresponde con la realidad. De hecho, solo poseemos metáforas de cosas que no tienen ninguna relación incuestionable con el mundo exterior. El intento de Chomsky de justificar la existencia de un “verdadero lenguaje” a través de su Gramática Universal es discutible, ya que el lenguaje nunca puede ser el receptor de la esencia de las cosas.

Mientras que los científicos se preocupan por la veracidad de las afirmaciones y las cosas, solo usan metáforas socialmente sancionadas, es decir, se ven obligados a “mentir” según una convención fija (al igual que te están forzando a “mentir” cuando tu profesora de alemán corrige el género del sustantivo que acabas de decir). Nietzsche reconoce que nuestras percepciones sensoriales suelen ser similares de persona a persona y están moldeadas por el tiempo y el espacio. Sin embargo, este mismo planteamiento teórico ha llevado a muchos científicos a respaldar teorías que afirman que el tiempo y el espacio no son verdaderamente “reales”.

Si el significado del lenguaje es inestable y sus orígenes aún se desconocen, ¿lograremos llegar a verdaderos avances en nuestro conocimiento sobre él? ¿O estamos demasiado inmersos en el lenguaje como para saber más sobre él? ¿Por qué estamos tan emocionalmente comprometidos en averiguar más? ¿Es el propio lenguaje responsable de nuestra curiosidad intelectual, que juega con nuestras insuficiencias y nos obliga a plantearnos preguntas absurdas?

Quizás los poetas y escritores entienden el lenguaje mejor que los científicos. Tal vez el estudiante que se enfrenta a la alegría y a la frustración de aprender un nuevo idioma siente más que cualquier investigador un placer y propósito mayores. Hagas lo que hagas con el lenguaje, hazlo tuyo. ¡Podría ser la mejor estrategia para entenderlo!

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